Viaje a Níger, Burkina Faso y Malí. Nueva aventura en el Sahel,

Níger

El trayecyo en Níger tendría una duración aproximada de 6 ó 7 días, dependiendo del itinerario y del medio de transporte a la ciudad de Agadez, y se realizaría aproximadamente entre el 28 de noviembre y el 6 de diciembre

La ruta incluiría, en principio, Niamey, Giraffes, Dosso, Tahoua y Agadez.

Debido a la situación actual de seguridad en el país, el viaje se realizaría acompañado de un fixer local, que se encargaría del transporte y de gestionar los trámites necesarios para obtener la carta de invitación con la que poder solicitar el visado. Más información contactar.


Burkina Faso

La duración para esta parte del viaje sería de unos 7 días (entre el 5 y el 13 de diciembre aproximadamente).

Al igual que en Níger, se viajaría con vehículo con conductor local y el itinerario aquí cubriría, entre otros, los siguientes lugares: Bobo-Dioulasso (mercado de oro, poblado lobi), Banfora (picos de Sindou, cascadas, cúpulas, hipopótamos si se dejaran ver…), Gaoua (ruinas de Loropeni), los cocodrilos sagrados, las esculturas graníticas de Laongo, el pueblo real de Tiébélé y la capital Ouagadougou con sus monumentos y mercados.

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Malí (Timbuktú!)

¡Y por último Malí! Entre el 13 y el 22 de diciembre, participando en el festival “Vivre Ensemble”.

Llegada y salida desde Bamako, visitando la capital, la aldea de Sekoro, la ciudad de Segou, Banguineda, Yekebougou, Fanssira, Siby (país mandinga) y, por supuesto, volando desde Bamako hasta la sagrada y mágica ciudad de Timbuktú.

En la actualidad hay partes del país que no se pueden visitar por tema seguridad. Timbuktú se hace con la máxima protección posible, lo que incluye escolta armada. Debido a la situación actual, el viaje se realiza acompañado de un fixer local, que se encarga del transporte y de gestionar los trámites necesarios para obtener el visado.

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MELANESIA & POLINESIA, el límite / the borderline

Melanesia y Polinesia forman dos universos insulares donde el océano no separa tanto como une: un vasto territorio de islas, volcanes, arrecifes y selvas que se extiende por el Pacífico como una concatenación de mundos dispares. En Melanesia, la tierra tiene una presencia poderosa, húmeda y ancestral; las montañas se hunden en bosques espesos y las aldeas conservan tradiciones que parecen venir de un tiempo anterior a las fronteras. Polinesia, en cambio, se despliega con una luminosidad casi líquida: atolones bajos, lagunas turquesas, playas abiertas al horizonte y una cultura profundamente ligada al mar, a la navegación y a la memoria de los antepasados. Viajar por ambas regiones es atravesar geografías extremas y, al mismo tiempo, descubrir una misma relación íntima con el océano, entendido no como límite, sino como camino.

Melanesia and Polynesia form two island worlds where the ocean separates less than it connects: a vast territory of islands, volcanoes, reefs and forests scattered across the Pacific like a concatenation of diverse worlds. In Melanesia, the land has a powerful, humid and ancestral presence; mountains disappear into dense forests, while villages preserve traditions that seem to have emerged from a time before modern borders. Polynesia, by contrast, unfolds with an almost liquid luminosity: low-lying atolls, turquoise lagoons, beaches opening onto the horizon, and a culture deeply connected to the sea, navigation and the memory of ancestors. Travelling through both regions means crossing extraordinary landscapes while discovering a shared and intimate relationship with the ocean, understood not as a boundary, but as a pathway.


Nueva Guinea Papúa recibe al viajero con la fuerza de un continente comprimido en una isla. En su corazón se elevan las Highlands, un mundo de montañas, valles fértiles y nieblas que envuelven las cumbres, donde la vida transcurre a un ritmo marcado por la tierra y las estaciones. Mount Hagen aparece como una de las grandes puertas de entrada a este universo de tierras altas, rodeada de paisajes agrícolas y de una extraordinaria diversidad cultural. Más al este, la región de Chimbu se encaja entre montañas abruptas y profundos valles, con aldeas dispersas por las laderas y caminos que parecen perderse en el verde. Goroka, en cambio, se abre en un valle más luminoso y amable, célebre por sus tradiciones, sus mercados y sus celebraciones culturales, que reúnen a comunidades de las distintas regiones de las Highlands. Más allá de las montañas, la selva tropical desciende hacia las costas y el Pacífico vuelve a aparecer como una inmensa promesa azul. Viajar por Papúa Nueva Guinea es pasar de un mundo a otro en pocas horas: de los cultivos de altura y las aldeas de montaña a la humedad de la selva y las aguas cálidas del océano, atravesando uno de los territorios culturalmente más diversos del planeta.

Papua New Guinea welcomes the traveller with the force of a continent compressed into an island. At its heart rise the Highlands, a world of mountains, fertile valleys and mist-shrouded peaks, where life follows a rhythm shaped by the land and the seasons. Mount Hagen is one of the great gateways to this highland world, surrounded by agricultural landscapes and extraordinary cultural diversity. Further east, the Chimbu region lies among rugged mountains and deep valleys, with villages scattered across the slopes and tracks that seem to disappear into the greenery. Goroka, by contrast, opens into a brighter and more welcoming valley, renowned for its traditions, markets and cultural celebrations, which bring together communities from across the Highlands. Beyond the mountains, tropical rainforest descends towards the coast and the Pacific once again appears as an immense blue promise. Travelling through Papua New Guinea means moving from one world to another within a few hours: from highland crops and mountain villages to the humid rainforest and warm ocean waters, across one of the most culturally diverse territories on Earth.

Goroka, PNG. Representation at Canibals tribe.

Bougainville parece guardar su propia luz, entre el verde profundo de la selva y el azul intenso del Pacífico. Sus volcanes, sus playas solitarias y sus aguas transparentes componen un paisaje de belleza casi intacta, pero bajo esa apariencia paradisíaca permanece también una historia reciente marcada por el conflicto y por una fuerte identidad propia. Viajar por Bougainville es percibir esa doble condición: la exuberancia de una naturaleza generosa y la memoria de una sociedad que ha defendido con intensidad su tierra y su autonomía. En sus aldeas y en sus costas, el tiempo parece avanzar más despacio, acompasado por las mareas y por una relación ancestral con el territorio. La isla conserva además las huellas de una historia más antigua y convulsa, visible en antiguos caminos, plantaciones abandonadas y paisajes transformados por la actividad humana. Entre volcanes, selva y arrecifes, Bougainville transmite la sensación de un territorio apartado, orgulloso de su identidad y todavía profundamente ligado a la tierra que lo sustenta.

Bougainville seems to possess its own particular light, caught between the deep green of the rainforest and the intense blue of the Pacific. Its volcanoes, secluded beaches and crystal-clear waters create landscapes of almost untouched beauty, yet beneath this paradise lies a recent history marked by conflict and a strong sense of identity. Travelling through Bougainville means experiencing this duality: the exuberance of a generous natural environment alongside the memory of a society that has fiercely defended its land and its autonomy. In its villages and along its shores, time seems to move more slowly, measured by the tides and by an ancestral relationship with the land. The island also bears the traces of a longer and more turbulent history, visible in old paths, abandoned plantations and landscapes transformed by human activity. Between volcanoes, rainforest and reefs, Bougainville conveys the feeling of a remote territory, proud of its identity and still profoundly connected to the land that sustains it.

Local market in Buka, Bouganville

Las Islas Salomón se extienden como una cadena de esmeraldas sobre un mar inmenso. Hay algo profundamente silencioso en sus islas: selvas que llegan hasta la orilla, arrecifes que cambian de color bajo el sol y pequeñas comunidades donde las canoas siguen siendo parte natural del paisaje. Guadalcanal, donde se encuentra Honiara, concentra buena parte de la vida del archipiélago, pero basta abandonar la capital para que la naturaleza recupere todo su protagonismo. Estas aguas conservan además las huellas de la Segunda Guerra Mundial, con pecios, aviones hundidos y antiguos escenarios de combate ocultos bajo el océano o cubiertos por la vegetación. El viajero encuentra así dos tiempos superpuestos: el de una naturaleza antigua, casi primordial, y el de la historia reciente, cuyas cicatrices permanecen dispersas entre las islas. Todo parece regresar finalmente al mar, que guarda la memoria de ambos.

The Solomon Islands stretch like a chain of emeralds across an immense sea. There is something deeply silent about these islands: rainforests reaching down to the shore, reefs changing colour beneath the sun, and small communities where canoes remain a natural part of the landscape. Guadalcanal, home to Honiara, concentrates much of the archipelago’s modern life, but it takes only a short journey beyond the capital for nature to reclaim centre stage. These waters also preserve the traces of the Second World War, with shipwrecks, aircraft and former battle sites hidden beneath the sea or covered by vegetation. The traveller encounters two layers of time superimposed upon one another: that of an ancient, almost primordial natural world, and that of recent history, whose scars remain scattered among the islands. In the end, everything seems to return to the sea, which holds the memory of both.

Roderick Bay shipwreck, Solomon Islands

Tuvalu es casi una idea antes que un territorio: una sucesión de pequeños atolones donde la tierra apenas se eleva sobre el océano. Allí el horizonte adquiere una presencia absoluta y la inmensidad del Pacífico hace sentir al viajero la fragilidad de cada palmera, cada casa y cada franja de arena. La vida transcurre entre lagunas de colores imposibles, playas estrechas y aldeas donde la comunidad ocupa un lugar central. En Tuvalu, el paisaje paradisíaco contiene también una inquietud contemporánea: la conciencia de vivir en uno de los lugares del planeta más vulnerables al ascenso del nivel del mar. El océano, que durante siglos ha sido sustento y camino, se convierte también en una pregunta sobre el futuro. En estos pequeños atolones, donde tierra y mar parecen confundirse, se comprende de manera especialmente intensa hasta qué punto la vida insular depende del equilibrio frágil de los elementos.

Tuvalu is almost an idea before it is a territory: a succession of tiny atolls where the land barely rises above the ocean. Here the horizon takes on an overwhelming presence, and the immensity of the Pacific makes the traveller aware of the fragility of every palm tree, every house and every strip of sand. Life unfolds among lagoons of impossible colours, narrow beaches and villages where community lies at the heart of daily life. In Tuvalu, the paradise-like landscape also carries a contemporary unease: the awareness of living in one of the places on Earth most vulnerable to rising sea levels. The ocean, which for centuries has been a source of sustenance and a pathway between islands, has also become a question about the future. On these tiny atolls, where land and sea seem almost to merge, one understands with particular intensity just how closely island life depends on the fragile balance of the elements.

Tuvalu, Airfield

Samoa se articula alrededor de dos grandes islas, Upolu y Savai’i, dos rostros complementarios de un mismo paisaje volcánico. Upolu, más poblada y donde se encuentra Apia, concentra buena parte de la vida del país, pero basta alejarse de la capital para descubrir una costa de playas, acantilados, cascadas y exuberantes bosques tropicales. En su interior, la vegetación cubre las antiguas montañas volcánicas y el paisaje se abre hacia el océano en una sucesión de bahías y pequeñas aldeas. Savai’i, la mayor de las dos islas, ofrece una sensación más remota y primitiva: enormes extensiones de selva, antiguos campos de lava, pueblos tranquilos y una costa donde el Pacífico parece extenderse sin límites. Aquí la presencia de la naturaleza es aún más poderosa, y los volcanes recuerdan el origen de estas islas. En ambas, la vida conserva la fuerza del fa’a Samoa, la tradición samoana que sitúa a la familia, la comunidad, la tierra y los antepasados en el centro de la existencia. Samoa tiene así algo más profundo que un paisaje tropical: la sensación de estar entrando en una sociedad cuya relación con la tierra y el mar forma parte inseparable de su identidad.

Samoa is shaped around two main islands, Upolu and Savai’i, two complementary faces of the same volcanic landscape. Upolu, the more populated island and home to Apia, contains much of the country’s everyday life, yet it takes only a short journey beyond the capital to discover a coastline of beaches, cliffs, waterfalls and lush tropical forests. Inland, vegetation blankets the ancient volcanic mountains, while the landscape opens towards the ocean in a succession of bays and small villages. Savai’i, the larger of the two islands, offers a more remote and primordial experience: vast stretches of rainforest, ancient lava fields, quiet villages and a coastline where the Pacific seems to stretch without end. Here nature feels even more powerful, and the volcanoes recall the origins of these islands. On both islands, life retains the strength of fa’a Samoa, the Samoan way of life that places family, community, land and ancestors at the centre of existence. Samoa therefore offers something deeper than a tropical landscape: the feeling of entering a society whose relationship with the land and sea is inseparable from its identity.

Sopoaga Waterfall, Upolu, Samoa

Tonga es un reino disperso sobre el océano, hecho de islas coralinas, volcanes y largas playas donde el Pacífico parece no tener fin. Hay una serenidad particular en sus paisajes, menos exuberantes que los de otras islas tropicales y, precisamente por ello, más desnudos y esenciales. Tongatapu, la isla principal, es baja y coralina, y concentra buena parte de la vida del reino; sus costas y arrecifes muestran una geografía muy distinta de la de las islas volcánicas de otras partes de Polinesia.

Tonga is a kingdom scattered across the ocean, made up of coral islands, volcanic landscapes and long beaches where the Pacific seems to have no end. There is a particular serenity to its landscapes, less exuberant than those of other tropical islands and, precisely for that reason, more stripped-back and elemental. Tongatapu, the main island, is low-lying and coral-based, and is home to much of the kingdom’s population; its shores and reefs reveal a geography quite different from the volcanic islands found elsewhere in Polynesia.

Tongatapu, Tonga

Las Islas Cook reúnen en un mismo archipiélago dos formas esenciales del paisaje polinesio. Rarotonga, la isla principal y centro político y cultural del país, es una isla volcánica de montañas abruptas y verdes, rodeada por una laguna coralina de aguas transparentes. Su interior, dominado por cumbres cubiertas de vegetación, contrasta con las playas y arrecifes que la rodean, mientras las pequeñas aldeas y los caminos que recorren la costa permiten descubrir una vida insular todavía muy ligada a las tradiciones locales. Aitutaki, más pequeña y de relieve mucho más bajo, parece pertenecer a otro mundo: su enorme laguna, salpicada de islotes coralinos, despliega una gama de azules que va del turquesa más pálido al profundo azul del océano abierto. Allí la escala cambia y el horizonte se vuelve protagonista. Entre Rarotonga y Aitutaki se resume buena parte de la diversidad de las Cook: la montaña volcánica frente al atolón, la selva frente a la laguna y la vida cotidiana de una isla habitada frente a la aparente inmovilidad de los pequeños motu. En todas ellas permanece, sin embargo, la misma herencia polinesia de navegación, parentesco y memoria oceánica.

The Cook Islands bring together two essential forms of the Polynesian landscape. Rarotonga, the country’s main island and political and cultural centre, is a volcanic island of steep green mountains surrounded by a crystal-clear coral lagoon. Its interior, dominated by vegetation-covered peaks, contrasts with the beaches and reefs around its shores, while small villages and coastal roads offer glimpses of an island life still deeply connected to local traditions. Aitutaki, smaller and much lower-lying, seems to belong to another world: its vast lagoon, scattered with coral islets, unfolds in a spectrum of blues ranging from the palest turquoise to the deep blue of the open ocean. Here the scale changes and the horizon becomes the protagonist. Between Rarotonga and Aitutaki, much of the diversity of the Cook Islands is distilled: volcanic mountains versus coral atolls, rainforest versus lagoon, and the everyday life of an inhabited island versus the apparent stillness of tiny motu. Yet throughout them all remains the same Polynesian heritage of navigation, kinship and oceanic memory.

Rarotonga, Cook Islands

Y por último el invierno. En el extremo suroccidental de Nueva Zelanda, Fiordland cambia por completo la escala del viaje. Después de los atolones y las islas tropicales, aparecen montañas oscuras, bosques húmedos, cascadas que se precipitan desde las nubes y fiordos donde el agua refleja paredes de roca que parecen verticales hasta el cielo. Milford y Doubtful Sound pertenecen a un paisaje de una belleza austera y monumental, modelado durante milenios por el hielo. La lluvia transforma continuamente el escenario: ríos de agua aparecen sobre los acantilados y la niebla borra las cumbres para devolverlas después, como si el paisaje estuviera naciendo ante los ojos del viajero. En los bosques, helechos, hayas y musgos cubren cada rincón, mientras en las aguas de los fiordos aparecen focas, delfines y, ocasionalmente, grandes cetáceos. Fiordland es un cierre perfecto para este recorrido por el Pacífico: después de haber seguido el océano entre selvas, volcanes y atolones, el viaje termina ante una naturaleza fría, inmensa y silenciosa, donde la tierra vuelve a recordar su antigua alianza con el agua.

And finally winter. In the south-western corner of New Zealand, Fiordland changes the scale of the journey completely. After the atolls and tropical islands, dark mountains rise from the sea, cloaked in rain-soaked forests, with waterfalls plunging from the clouds and fjords reflecting rock walls that seem to rise vertically into the sky. Milford and Doubtful Sound belong to a landscape of austere and monumental beauty, sculpted over millennia by ice. Rain continually transforms the scenery: streams of water appear on the cliffs and mist erases the peaks, only to reveal them again, as though the landscape were being born before the traveller’s eyes. In the forests, ferns, beech trees and mosses cover almost every surface, while the waters of the fjords are home to seals, dolphins and, occasionally, great whales. Fiordland is a fitting conclusion to this journey across the Pacific: after following the ocean through rainforests, volcanoes and atolls, the journey ends before a cold, immense and silent wilderness, where the land once again recalls its ancient alliance with water.

Glenorchy, New Zealand

MICRONESIA, lejana y dispersa / remote and scattered

Micronesia es una constelación de islas suspendidas sobre la inmensidad del Pacífico, un territorio donde el horizonte parece no terminar nunca y el océano ocupa el lugar que en otros lugares corresponde a las carreteras. Entre atolones de arena blanca, lagunas turquesas, selvas húmedas y aldeas remotas, viajar por esta región es acercarse a un mundo moldeado por el mar. Aquí, las distancias se miden en millas náuticas y las islas parecen pequeños refugios de vida flotando sobre un azul infinito.

Micronesia is a constellation of islands suspended over the immensity of the Pacific, a land where the horizon seems endless and the ocean takes the place that roads occupy elsewhere. Between white-sand atolls, turquoise lagoons, humid jungles, and remote villages, traveling through this region means approaching a world shaped by the sea. Here, distances are measured in nautical miles, and the islands seem like small refuges of life floating upon an infinite blue.


Nauru aparece en el océano como una diminuta pincelada de tierra, una de las repúblicas más pequeñas del mundo y una isla marcada por una historia de contrastes. Sus costas, rodeadas por el Pacífico, conviven con un interior transformado durante décadas por la explotación de los fosfatos. Sin embargo, entre las huellas de ese pasado permanece la vida cotidiana de una comunidad insular que ha aprendido a convivir con un paisaje singular. En Nauru, la pequeñez adquiere otra dimensión: basta recorrer sus caminos para sentir que el océano está siempre cerca, como una presencia constante que abraza la isla.

Nauru appears in the ocean like a tiny brushstroke of land, one of the smallest republics in the world and an island shaped by a history of contrasts. Its shores, surrounded by the Pacific, coexist with an interior transformed for decades by phosphate mining. Yet amid the traces of that past remains the everyday life of an island community that has learned to live with an unusual landscape. In Nauru, smallness takes on another dimension: it takes only a journey along its roads to feel that the ocean is always close, like a constant presence embracing the island.

Rocky pinacles, Nauru

Kiribati es quizá uno de los lugares donde el vínculo entre tierra y mar se vuelve más evidente. Sus atolones se extienden sobre una franja inmensa del Pacífico, tan estrecha en algunos puntos que el océano parece reclamar cada palmo de tierra. Caminar por Tarawa significa avanzar entre palmeras, lagunas y comunidades que viven mirando al agua, mientras el sol incendia cada tarde el horizonte. Hay en Kiribati una belleza frágil, casi suspendida en el tiempo, que hace que cada paisaje parezca un recuerdo antes incluso de haberlo abandonado.

Kiribati is perhaps one of the places where the bond between land and sea becomes most evident. Its atolls stretch across a vast expanse of the Pacific, so narrow in places that the ocean seems to claim every inch of land. Walking through Tarawa means moving among palm trees, lagoons, and communities that live with their eyes turned toward the water, while the sun sets the horizon ablaze each evening. There is a fragile beauty in Kiribati, almost suspended in time, that makes every landscape feel like a memory even before you have left it behind.

North Tarawa, Kiribati

Las Islas Marshall parecen dibujadas con una mano ligera sobre el azul: anillos de coral, lagunas transparentes y pequeñas lenguas de arena que se pierden bajo las palmeras. Pero bajo esa apariencia paradisíaca se esconde una historia mucho más compleja, marcada por la guerra y por las pruebas nucleares realizadas en el atolón de Bikini. Hoy, recorrer Majuro o contemplar una laguna al atardecer permite descubrir una sociedad profundamente vinculada al océano, donde las canoas, la pesca y las tradiciones siguen formando parte de la identidad insular. La influencia de Estados en estas islas es notoria.

The Marshall Islands seem to have been drawn with a light hand across the blue: coral rings, crystal-clear lagoons, and small tongues of sand disappearing beneath palm trees. Yet beneath this paradise-like appearance lies a far more complex history, shaped by war and by the nuclear tests carried out at Bikini Atoll. Today, exploring Majuro or watching a lagoon at sunset reveals a society deeply connected to the ocean, where canoes, fishing, and traditions remain part of island identity. US influence in these islands can be easily noticed.


En los Estados Federados de Micronesia, y especialmente en Pohnpei, el viaje cambia de escenario: el blanco de los atolones deja paso al verde profundo de una isla volcánica cubierta de selva. La lluvia cae con frecuencia sobre las montañas y alimenta una naturaleza exuberante. Entre sus bosques aparece Nan Madol, la antigua ciudad de piedra levantada sobre pequeños islotes, donde las ruinas parecen emerger del agua como vestigios de una civilización perdida. Pohnpei invita a viajar sin prisa, a internarse bajo la vegetación y escuchar cómo la lluvia transforma la isla en un paisaje de leyenda.

In the Federated States of Micronesia, and especially on Pohnpei, the journey changes scenery: the white of the atolls gives way to the deep green of a volcanic island covered in jungle. Rain frequently falls over the mountains, nourishing a lush nature. Amid the forests lies Nan Madol, the ancient stone city built upon small islets, where the ruins seem to rise from the water like remnants of a lost civilization. Pohnpei invites you to travel slowly, to venture beneath the vegetation and listen as the rain transforms the island into a landscape of legend.

Nan Madol ruins, Pohnpei, Micronesia Federation

Y por último Palaos, que guarda quizá una de las imágenes más poderosas de este viaje por Micronesia: un archipiélago donde cientos de islas verdes emergen de aguas de una claridad extraordinaria. Las famosas Rock Islands parecen pequeñas montañas flotantes, rodeadas por lagunas en las que el azul adopta infinitas tonalidades. Bajo la superficie comienza otro mundo, poblado por arrecifes, peces y jardines de coral que convierten el océano en un territorio para explorar. Al abandonar Palau queda la sensación de haber visitado un lugar remoto y delicado,

And finally Palau, holding perhaps one of the most powerful images of this journey through Micronesia: an archipelago where hundreds of green islands rise from waters of extraordinary clarity. The famous Rock Islands look like small floating mountains, surrounded by lagoons where blue takes on countless shades. Beneath the surface, another world begins, filled with reefs, fish, and coral gardens that turn the ocean into a territory to explore. When leaving Palau, one is left with the feeling of having visited a remote and delicate place of the Pacific.

Rock Islands, Palau

Timor-Leste, lo inesperado / the unexpected

Timor Oriental ocupa el extremo oriental de la isla de Timor, entre montañas, bosques y una costa de aguas cálidas y transparentes. Es un país pequeño y todavía poco conocido, donde las tradiciones locales conviven con la herencia portuguesa y las huellas de una historia reciente marcada por la lucha por la independencia. Sus paisajes, con aldeas dispersas, caminos de montaña y playas poco urbanizadas, conservan una sensación de autenticidad y de territorio por descubrir: inesperada y maravillosa.

Timor-Leste occupies the eastern end of the island of Timor, between mountains, forests and a coastline of warm, crystal-clear waters. It is a small and still little-known country, where local traditions coexist with Portuguese heritage and the legacy of a recent history shaped by the struggle for independence. Its landscapes, with scattered villages, mountain roads and largely undeveloped beaches, retain a strong sense of authenticity and discovery: unexpected and wonderful.

Dili, la capital, se extiende a orillas del mar, protegida por las montañas que la rodean. Es una ciudad sencilla y tranquila, con mercados, pequeñas calles y una mezcla de influencias culturales que reflejan la historia del país. En sus alrededores, la ciudad da paso rápidamente a un paisaje más natural, con colinas, playas y pueblos costeros. Desde lugares como el Cristo Rei se contempla la bahía y se entiende bien la estrecha relación de Dili con el mar y las montañas.

Dili, the capital, stretches along the coast, sheltered by the surrounding mountains. It is a simple, laid-back city, with markets, quiet streets and a blend of cultural influences that reflect the country’s history. Beyond the capital, the urban landscape quickly gives way to hills, beaches and coastal villages. From places such as Cristo Rei, there are sweeping views over the bay, offering a clear sense of Dili’s close relationship with both the sea and the mountains.

Frente a Dili, la isla de Ataúro, a un par de horas de ferry, aparece como una prolongación de ese paisaje, pero en una escala mucho más tranquila. Sus montañas descienden hacia playas solitarias y aguas de gran claridad, bajo las que se encuentran algunos de los fondos marinos más espectaculares de la región. Pequeñas aldeas y senderos recorren la isla, donde la vida mantiene un ritmo pausado y cercano al entorno. Atauro ofrece así una imagen más serena y natural de Timor Oriental, lejos del movimiento de la capital.

Off the coast of Dili, Ataúro Island (a two hours ferry ride away) feels like a quieter extension of this landscape. Its mountains descend towards secluded beaches and exceptionally clear waters, beneath which lie some of the region’s most impressive marine environments. Small villages and trails cross the island, where life moves at a slower pace and remains closely connected to its surroundings. Atauro offers a more peaceful and natural side of Timor-Leste, far removed from the activity of the capital.

Brunei, entre la opulencia y la frondosidad / between opulence and luxuriance

Brunéi aparece en la isla de Borneo como un pequeño reino de selvas profundas, ríos tranquilos y una riqueza que apenas necesita exhibirse. Es un país donde el islam, la tradición malaya y la naturaleza forman parte de una misma identidad. Bajo el calor húmedo de los trópicos, las ciudades parecen abrirse paso entre una vegetación exuberante. El petróleo ha convertido a Brunéi en uno de los países más prósperos de Asia, pero su verdadera singularidad quizá se encuentre en ese contraste entre la riqueza de sus ciudades y la inmensidad verde que las rodea.

Brunei appears on the island of Borneo as a small kingdom of deep forests, tranquil rivers and a wealth that scarcely needs to be displayed. It is a country where Islam, Malay tradition and nature form part of the same identity. Beneath the humid tropical heat, towns seem to emerge from lush vegetation. Oil has made Brunei one of the wealthiest countries in Asia, but its true uniqueness may lie in this contrast between the prosperity of its cities and the immense greenery that surrounds them.

En el corazón del país, la capital Bandar Seri Begawan se extiende a orillas del río como una ciudad serena y llena de luz. Sus mezquitas, con cúpulas doradas que relucen bajo el sol tropical, dominan el paisaje y recuerdan constantemente el profundo carácter islámico del sultanato. La mezquita del sultán Omar Ali Saifuddien, con su cúpula de oro y su elegante minarete reflejado en el agua, parece surgir de un escenario irreal. Cerca de allí, Kampong Ayer, la antigua aldea levantada sobre las aguas, conserva otra imagen de Brunéi: casas, pasarelas y pequeñas embarcaciones que parecen flotar sobre el río y evocan una forma de vida profundamente ligada al agua.

At the heart of the country, tha capital Bandar Seri Begawan stretches along the river as a serene and luminous city. Its mosques, with golden domes gleaming beneath the tropical sun, dominate the skyline and constantly remind visitors of the sultanate’s deep Islamic character. The Sultan Omar Ali Saifuddien Mosque, with its golden dome and elegant minaret reflected in the water, seems to emerge from an almost dreamlike setting. Nearby, Kampong Ayer, the ancient village built over the water, preserves another image of Brunei: houses, walkways and small boats that seem to float upon the river, evoking a way of life deeply connected to the water.

Más allá de la capital, el paisaje cambia y Brunéi se vuelve casi enteramente verde. En el parque nacional de Ulu Temburong, la selva tropical se extiende como un océano vegetal, atravesada por ríos cristalinos y envuelta en una humedad que lo cubre todo. Aquí los sonidos de la civilización desaparecen bajo el rumor del agua, el canto de las aves y el movimiento constante de las hojas. Los senderos penetran en un bosque antiguo y las pasarelas elevadas permiten contemplarlo desde las alturas, entre las copas de los árboles. Temburong es, en cierto modo, el corazón salvaje de Brunéi: un lugar donde la selva no sirve de simple escenario, sino que se convierte en la protagonista absoluta del viaje.

Beyond the capital, the landscape changes and Brunei becomes almost entirely green. In Ulu Temburong National Park, the tropical rainforest stretches like a vast sea of vegetation, crossed by crystal-clear rivers and enveloped in a humidity that seems to cover everything. Here, the sounds of civilization fade beneath the murmur of the water, the calls of birds and the constant rustling of leaves. Trails lead deep into the ancient forest, while elevated walkways offer views from above, among the treetops. Temburong is, in a sense, the wild heart of Brunei: a place where the rainforest is not merely a backdrop, but the undisputed protagonist of the journey.

Yemen, el país escondido / the secret country

Yemen no ha sido un destino fácil. Un último mes y medio turbulento, tras años de una relativa calma en la mitad sur, amenazaba con la cancelación del viaje hasta el último momento: aeropuertos que se cerraban, destinos que quedaban fuera del alcance de los viajeros, noticias desesperanzadoras y amenazas de conflicto armado. Tras muchos vaivenes y muchas ganas, se consiguió, y el premio fue magnífico: nos encontramos con un país singular, diferente a cualquier otro, con mesetas áridas deshabitadas surcadas por cañones y valles verdes donde aparecen pueblos encantadores, de edificios inimaginables y gentes extremadamente acogedoras.

Yemen has not been an easy destination. A turbulent final month and a half, after years of relative calm in the southern half of the country, threatened to cancel the trip until the very last moment: airports closing, destinations slipping out of reach for travelers, bleak news, and threats of armed conflict. After many ups and downs, and a great deal of determination, it finally happened, and the reward was magnificent. We discovered a singular country, unlike any other, with uninhabited arid plateaus carved by canyons, and green valleys where charming villages appear, with unimaginable buildings and extraordinarily welcoming people.

Palace, Seiyun

Yemen es un país dividido en dos zonas, con tres gobiernos: el del norte, el del sur y el oficial, establecido en Arabia Saudí. Los controles militares se suceden cada pocos kilómetros, pero en ningún momento tuvimos sensación de peligro, sino amabilidad y curiosidad por parte de la gente. Viajar a Yemen es como reencontrarse con un pasado de cercanía y curiosidad que solo se descubre en muy pocos países del mundo.

Yemen is divided into two zones, with three governments: the northern one, the southern one, and the official government, based in Saudi Arabia. Military checkpoints appear every few kilometers, but at no point did we feel a sense of danger, but just kindness and curiosity from the people. Traveling to Yemen is like reconnecting with a past sense of closeness and curiosity that can only be found in very few countries in the world.

Shibam

El futuro del país es incierto, pues hay muchos intereses externos en juego y escasa voluntad para alcanzar acuerdos que permitan reunificarlo. Visitar el norte del país, la joya de la corona yemení, está fuera de lugar en estos momentos, pero el resto del territorioestá abierto y regala paisajes y experiencias inolvidables, que bien merecen la pena. Las fotos son de la región de Hadramaut: Seiyun, Shibam, Wadi Dawan y Mukalla, en el sur.

The future of the country is uncertain, as many external interests are at play and there is little willingness to reach agreements that would allow for reunification. Visiting the north of the country—the jewel of Yemen’s crown—is not advisable at the moment, but the rest of the territory is open and offers unforgettable landscapes and experiences that are truly worth it. The photos are from the Hadramaut region: Seiyun, Shibam, Wadi Dawan, and Mukalla, in the south.

Haid al-Jazil

Wadi Dawan

Mukalla

Sudan, viajar en conflicto / traveling in conflict

Sudán es un país en guerra. Dos facciones del ejército están enfrentadas y han logrado dividir el país en dos. No se trata de un fenómeno reciente, ya que el país lleva sumido en conflictos armados desde hace más de cincuenta años. No es fácil viajar a un lugar en conflicto. La población sobrelleva la situación con resignación y un toque de amargura, pero también con esperanza en los ojos.

Sudan is a country at war. Two factions of the army are fighting each other and have managed to divide the country in two. This is not a recent phenomenon, as the country has been immersed in armed conflicts for more than fifty years. Traveling to a place in conflict is not easy. The population endures the situation with resignation and a touch of bitterness, but also with hope in their eyes.

Port Sudan

Actualmente, solo es relativamente seguro viajar al extremo nororiental: Puerto Sudán y la zona del mar Rojo, aunque tampoco puede garantizar completamente la seguridad. Tras una temporada de relativa paz en las regiones este y norte, ya se empieza a hablar de una posible apertura al turismo en otras partes de Sudán, como la zona de las pirámides de Meroe, Nubia y la capital, Jartum. Sin embargo, todavía parece pronto para viajar a zonas devastadas, donde los servicios más básicos escasean.

Currently, only the far northeastern part of the country is relatively safe to travel to: Port Sudan and the Red Sea area, although it cannot be considered completely safe. After a period of relative peace in the eastern and northern regions, there is already talk of a possible reopening to tourism in other parts of Sudan, such as the area of the Meroe pyramids, Nubia, and the capital, Khartoum. However, it still seems too early to travel to devastated areas where even the most basic services are scarce.

Suakin Island

Moverse por Sudán no es fácil, pero su gente lucha cada día por mantener una vida más o menos normal en medio de la adversidad y la incertidumbre. A pesar de todo, no pierden la esperanza en un futuro en paz, incluso frente a la indiferencia de los grandes medios de comunicación y de los líderes de los países más poderosos e influyentes. Unos pocos días en el país me han servido para descubrir un lugar fascinante y a una gente entrañable, con una fuerte tradición cultural y religiosa. Un escenario maravilloso para captar instantes llenos de simbolismo y sentimiento, de los que dejo aquí algunas imágenes: Puerto Sudán, la isla de Suakin y el abandonado resort de Arous.

Getting around Sudan is not easy, but its people struggle every day to maintain a more or less normal life amid adversity and uncertainty. Despite everything, they have not lost hope for a peaceful future, even in the face of indifference from major media outlets and the leaders of the most powerful and influential countries. A few days in the country were enough for me to discover a fascinating place and warm, welcoming people with a strong cultural and religious tradition. A wonderful setting for capturing moments full of symbolism and emotion, some of which are shown here: Port Sudan, the island of Suakin, and the abandoned resort of Arous.

Abandoned resort of Arous

Maldivas, tres países / Maldives, three countries

En las Maldivas conviven, en realidad, tres países distintos. Tres realidades superpuestas que apenas se mezclan, como si hubieran pactado una convivencia cordial con una cláusula tácita: cada cual a lo suyo.

El primero es el de las islas habitadas, donde transcurre la vida cotidiana: la de quienes madrugan, dependen del ferry para cualquier desplazamiento y esquivan motos por calles demasiado estrechas. Su capital, Malé, es un ejemplo extremo de densidad urbana: tanto tráfico y tan poco espacio que cruzarla a pie suele ser más rápido que hacerlo en motocicleta, cuyo número es incontable. Desde el nivel de la calle, el horizonte no existe; solo desde alguna azotea es posible intuirlo… y aun así, lo más probable es que la vista termine en otras azoteas.

In the Maldives, three different countries coexist. Three overlapping realities that rarely mingle, as if bound by an unspoken agreement of cordial coexistence with a discreet clause: everyone stay in your lane.

The first country is that of the inhabited islands, where everyday life unfolds: early mornings, ferries for nearly every errand, and narrow streets ruled by an army of motorbikes. Its capital, Malé, is a case study in urban density, a place so congested that walking often outpaces any motorized option. From street level, the horizon is a privilege; even from a rooftop, the view tends to end on another rooftop.


En este país cotidiano también están Maafushi, célebre por recibir turistas en masa, una isla auténticamente maldiva, aunque con escaso encanto y abundante “turisteo” y Thulusdhoo, de ambiente más sereno y cuidado. Esta última es territorio de surfistas en busca de la ola perfecta y de vecinos que los observan con una mezcla de paciencia y familiaridad.

El segundo país es un universo paralelo: el de las islas-resort. Pequeños enclaves convertidos en jaulas de oro, o quizá de alcohol, donde basta un corto trayecto en barco para pasar de la estricta sobriedad del país musulmán a un mundo donde los cócteles fluyen casi a granel. En estas islas, los turistas caminan descalzos y sonrientes, como si la existencia se redujera a un brunch ilimitado o a un tardeo perpetuo. Entre chapuzones y fotos idílicas, algunos se preguntan si realmente quieren volver a la civilización, mientras pagan precios que rozan lo ofensivo (un café expreso por siete dólares). Yo visité uno cuyo nombre, repleto de vocales, resulta casi impronunciable.

This lived-in Maldives also includes Maafushi, famous for receiving tourists by the hundreds, a genuinely Maldivian island, albeit one with little charm left and plenty of “touristy” excess. And then there is Thulusdhoo, quieter and better kept, an island where surfers chase world-class waves while locals watch with calm familiarity. The prestige is deserved: two of the country’s most renowned breaks, Coke’s and Chicken’s, crash just offshore.

The second country feels like a parallel universe: the resort islands. These tiny atolls operate as gilded cages, or perhaps cages stocked with alcohol, where a short boat ride transports visitors from a conservative Muslim nation to a world of nearly wholesale cocktail consumption. Here, tourists drift barefoot and smiling, as if life consisted of nothing more than everlasting brunch and an endless happy hour. Between dips in the ocean and impeccably curated sunsets, some begin to question whether they truly want to return to civilization… all while paying prices that verge on the absurd (seven dollars for an espresso). I visited one of these islands, its name nearly unpronounceable and overloaded with vowels.


Y el tercero, quizá el más fascinante, es el país submarino. Una nación silenciosa gobernada por tortugas, rayas y tiburones, y que justifica por sí sola el viaje. Bastan unos metros bajo el agua para que desaparezcan, como por arte de magia, los speedboats, los all-inclusive y los asaltantes de buffet. Quedan solo el silencio líquido, los corales y los peces de colores, siempre mejor vestidos que muchos de sus visitantes de tierra firme.

And then there is the third country, undoubtedly the most compelling: the underwater world. A silent nation ruled by turtles, rays, and sharks, and one that alone justifies the journey. Just a few meters below the surface, the speedboats, all-inclusive resorts, and buffet raiders vanish. What remains is a realm of quiet magic: coral, color, and fish dressed far more elegant than many of their temporary human visitors.

Así funcionan las Maldivas: tres países perfectamente ensamblados, que avanzan sin fricciones mientras cada uno permanezca en su territorio.

This is how the Maldives function: three superimposed countries, seamlessly interlocked, each thriving so long as everyone stays where they belong.

Bután, amor a primera vista / Bhutan, love at first sight

Todo el mundo regresa de Bután con un brillo especial en la mirada, y yo no voy a ser la excepción. Lo que esperaba encontrar en el país del Dragón del Trueno ha quedado ampliamente superado por una realidad que desborda cualquier idea previa. Es difícil hallar un solo detalle que invite a la queja o al desencanto, ni siquiera la creciente llegada de visitantes: algo comprensible, por otra parte. Basta con poner un pie en tierra, tras el aterrizaje en el pequeño aeropuerto de Paro, para quedar cautivado por un escenario que se despliega sin reservas: montañas que parecen cinceladas a mano, fortalezas-monasterio que coronan los valles, banderines de oración que colorean el viento y un patrimonio espiritual que impregna cada gesto de la vida cotidiana.

Everyone seems to return from Bhutan with a particular sparkle in their eyes, and I am certainly no exception. Whatever expectations I had about the Land of the Thunder Dragon were quickly surpassed by a reality far richer and more captivating. It is difficult to find a single detail that invites complaint or disappointment; not even the growing number of visitors, understandable, given the country’s irresistible appeal. All it takes is stepping off the plane at the small Paro airport to be immediately enthralled by the scene unfolding before you: mountains that look hand-carved, fortress-monasteries perched over valleys, prayer flags painting the wind with colour, and a spiritual heritage that permeates every gesture of daily life.


La arquitectura tradicional se preserva con una naturalidad sorprendente, como si el tiempo hubiera decidido avanzar sin renunciar a su pasado. Las tradiciones, lejos de convertirse en mero reclamo turístico, siguen latiendo en los mercados, en las casas de té y en los festivales religiosos donde la danza y la devoción se funden en un espectáculo hipnótico. La artesanía, elaborada con la paciencia que da la montaña, cuenta historias de linajes y símbolos que hablan de protección, fortuna y equilibrio. Y, por encima de todo, está el carácter de sus habitantes: amable, pausado, hospitalario, y por qué no decirlo, desconcertante para quienes venimos de sociedades aceleradas y a menudo crispadas.

Traditional architecture is preserved with remarkable ease, as if time itself had chosen to move forward without abandoning its past. Customs, far from being reduced to mere tourist attractions, remain vibrantly alive in the markets, in teahouses, and in the religious festivals where dance and devotion blend into a hypnotic spectacle. Local craftsmanship, shaped with the slow patience of the mountains, tells stories of lineages and symbols that evoke protection, fortune, and harmony. And above all else stands the character of its people: gentle, unhurried, hospitable, and, it must be said, somewhat disconcerting for those of us who arrive from fast-paced, often tense societies.


Quizá por eso sorprende menos que en Bután no existan semáforos y que el concepto de Producto Nacional Bruto haya sido sustituido por el Índice de Felicidad Nacional Bruta. Puede sonar metafórico, incluso idealista, pero lo cierto es que define una forma distinta de concebir el progreso. Allí, la calidad de vida se mide en bienestar comunitario, en conservación medioambiental y en armonía interior; valores que contrastan con las métricas rígidas y utilitarias de Occidente.

Maybe for that reason it feels less surprising that Bhutan has no traffic lights, and that the notion of Gross Domestic Product has been replaced by the Gross National Happiness Index. It may sound metaphorical, even idealistic, but it genuinely reflects a different way of understanding progress. Here, quality of life is measured through community well-being, environmental preservation, and inner balance, values that starkly contrast with the rigid, utilitarian metrics of the West.


En definitiva, Bután es uno de esos lugares que se graban en la memoria con la intensidad de un descubrimiento íntimo. Un destino al que, inevitablemente, uno promete volver.

In the end, Bhutan is one of those places that imprint themselves on the memory with the force of an intimate discovery. A destination to which one inevitably promises to return.


Bangladés: superpoblación y amabilidad / Bangladesh: overpopulation and friendliness

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Bangladés, asentado en el mayor delta fluvial del planeta, es un país donde la densidad humana impresiona tanto como la calidez de sus habitantes. Con millones de personas concentradas en un territorio reducido, sus ciudades pueden parecer abrumadoras a primera vista. Sin embargo, detrás del bullicio surge una amabilidad constante: miradas curiosas, gestos espontáneos y una hospitalidad que desarma.

El país está marcado por tres ríos colosales: Padma Ganges en la India), Meghna y Jamuna que modelan un paisaje fértil y, a la vez, frágil frente a inundaciones y ciclones. También alberga un récord natural poco conocido: la playa continua más larga del mundo, la de Cox’s Bazar, una franja de arena que se extiende a lo largo de unos 120 kilómetros.

Bangladesh, set within the world’s largest river delta, is a country where population density overwhelms as much as the warmth of its people reassures. With millions living in such a compact territory, its cities can feel intense at first glance. Yet behind the constant bustle lies an unfailing kindness: curious looks, spontaneous gestures, and a hospitality that disarms even seasoned travelers.

The nation is shaped by three mighty rivers the Padma, Meghna, and Jamuna, which create a landscape both fertile and vulnerable to floods and cyclones. Bangladesh also holds a lesser-known natural record: the world’s longest uninterrupted beach, the 120-kilometre stretch of sand at Cox’s Bazar.


Mi ruta incluyó Dhaka, Sreemangal, Khulna, Bagerhat, Chittagong y Cox’s Bazar. En la capital, el caos urbano convive con una energía creativa que se respira en mercados y calles sin descanso. Sreemangal ofrece un respiro verde entre plantaciones de té; Khulna y Bagerhat conectan con la historia islámica y Chittagong revela el pulso portuario del país. Cox’s Bazar invita a detenerse ante un litoral que parece infinito.

En todos estos lugares encontré la misma constante: una población que, pese a las dificultades diarias, conserva una sorprendente capacidad de ternura y ayuda. Viajar por Bangladés es descubrir que, incluso en medio del exceso, la humanidad puede ser lo que mejor define a un país.

My route took me through Dhaka, Sreemangal, Khulna, Bagerhat, Chittagong, and Cox’s Bazar. In the capital, urban chaos mixes with a palpable creative energy in markets and streets that never seem to rest. Sreemangal offers a green pause among tea plantations; Khulna and Bagerhat connect travelers with the Islamic heritage and Chittagong reveals the country’s port-driven pulse. Cox’s Bazar invites one to slow down before a shoreline that feels endless.

Across all these places, one constant remained: a population that, despite daily challenges, maintains a remarkable capacity for tenderness and help. Traveling through Bangladesh is a reminder that even amid excess, humanity can be a country’s most defining feature.