Maldivas, tres países / Maldives, three countries

En las Maldivas conviven, en realidad, tres países distintos. Tres realidades superpuestas que apenas se mezclan, como si hubieran pactado una convivencia cordial con una cláusula tácita: cada cual a lo suyo.

El primero es el de las islas habitadas, donde transcurre la vida cotidiana: la de quienes madrugan, dependen del ferry para cualquier desplazamiento y esquivan motos por calles demasiado estrechas. Su capital, Malé, es un ejemplo extremo de densidad urbana: tanto tráfico y tan poco espacio que cruzarla a pie suele ser más rápido que hacerlo en motocicleta, cuyo número es incontable. Desde el nivel de la calle, el horizonte no existe; solo desde alguna azotea es posible intuirlo… y aun así, lo más probable es que la vista termine en otras azoteas.

In the Maldives, three different countries coexist. Three overlapping realities that rarely mingle, as if bound by an unspoken agreement of cordial coexistence with a discreet clause: everyone stay in your lane.

The first country is that of the inhabited islands, where everyday life unfolds: early mornings, ferries for nearly every errand, and narrow streets ruled by an army of motorbikes. Its capital, Malé, is a case study in urban density, a place so congested that walking often outpaces any motorized option. From street level, the horizon is a privilege; even from a rooftop, the view tends to end on another rooftop.


En este país cotidiano también están Maafushi, célebre por recibir turistas en masa, una isla auténticamente maldiva, aunque con escaso encanto y abundante “turisteo” y Thulusdhoo, de ambiente más sereno y cuidado. Esta última es territorio de surfistas en busca de la ola perfecta y de vecinos que los observan con una mezcla de paciencia y familiaridad.

El segundo país es un universo paralelo: el de las islas-resort. Pequeños enclaves convertidos en jaulas de oro, o quizá de alcohol, donde basta un corto trayecto en barco para pasar de la estricta sobriedad del país musulmán a un mundo donde los cócteles fluyen casi a granel. En estas islas, los turistas caminan descalzos y sonrientes, como si la existencia se redujera a un brunch ilimitado o a un tardeo perpetuo. Entre chapuzones y fotos idílicas, algunos se preguntan si realmente quieren volver a la civilización, mientras pagan precios que rozan lo ofensivo (un café expreso por siete dólares). Yo visité uno cuyo nombre, repleto de vocales, resulta casi impronunciable.

This lived-in Maldives also includes Maafushi, famous for receiving tourists by the hundreds, a genuinely Maldivian island, albeit one with little charm left and plenty of “touristy” excess. And then there is Thulusdhoo, quieter and better kept, an island where surfers chase world-class waves while locals watch with calm familiarity. The prestige is deserved: two of the country’s most renowned breaks, Coke’s and Chicken’s, crash just offshore.

The second country feels like a parallel universe: the resort islands. These tiny atolls operate as gilded cages, or perhaps cages stocked with alcohol, where a short boat ride transports visitors from a conservative Muslim nation to a world of nearly wholesale cocktail consumption. Here, tourists drift barefoot and smiling, as if life consisted of nothing more than everlasting brunch and an endless happy hour. Between dips in the ocean and impeccably curated sunsets, some begin to question whether they truly want to return to civilization… all while paying prices that verge on the absurd (seven dollars for an espresso). I visited one of these islands, its name nearly unpronounceable and overloaded with vowels.


Y el tercero, quizá el más fascinante, es el país submarino. Una nación silenciosa gobernada por tortugas, rayas y tiburones, y que justifica por sí sola el viaje. Bastan unos metros bajo el agua para que desaparezcan, como por arte de magia, los speedboats, los all-inclusive y los asaltantes de buffet. Quedan solo el silencio líquido, los corales y los peces de colores, siempre mejor vestidos que muchos de sus visitantes de tierra firme.

And then there is the third country, undoubtedly the most compelling: the underwater world. A silent nation ruled by turtles, rays, and sharks, and one that alone justifies the journey. Just a few meters below the surface, the speedboats, all-inclusive resorts, and buffet raiders vanish. What remains is a realm of quiet magic: coral, color, and fish dressed far more elegant than many of their temporary human visitors.

Así funcionan las Maldivas: tres países perfectamente ensamblados, que avanzan sin fricciones mientras cada uno permanezca en su territorio.

This is how the Maldives function: three superimposed countries, seamlessly interlocked, each thriving so long as everyone stays where they belong.

Leave a comment