Uno se va de Seychelles, pero no del todo. Como si las islas no soltaran totalmente a quien las ha mirado con verdadera atención. Mahé y La Digue, dos islas diferentes y complementarias.
En Mahé todo lo cubre una frondosidad exuberante. Las playas, en cambio, son lo opuesto: un vacío apacible. En La Digue, uno avanza en bicicleta como se avanza por un recuerdo, lentamente. Las rocas de granito son su icono, desgastadas por los siglos y salpicadas por la espuma, como un decorado casi irreal.
One leaves Seychelles, but not completely. As if the islands never fully let go those who have truly looked at them. Mahé and La Digue, two different and complementary islands.
On Mahé everything is covered in lush vegetation. The beaches, on the other hand, are the opposite: a peaceful emptiness. On La Digue, one advances on a bicycle as one advances through a memory, slowly. The granite rocks are its icon, worn by centuries and dotted with foam, like an almost unreal backdrop.

