Es fácil enamorarse en Burundi, dejarse el corazón en este pequeño y superpoblado país del centro-este de África. Y lo es por múltiples razones: en primer lugar por lo desconocido que es. Cuando llegas y empiezas a adentrarte por sus caminos y cruzarte con sus gentes, descubres una dulzura en su paisaje, en sus colinas, en su frondosidad, en su ritmo de vida y en las sonrisas de sus habitantes, que te sorprenden y te hacen reflexionar sobre los motivos de ese desconocimiento generalizado.
It’s easy to fall in love in Burundi, to leave your heart in this small, overpopulated country in east-central Africa. And it’s for many reasons: first, because of how unknown it is. When you arrive there and begin to explore its roads and meet its people, you discover a sweetness in its landscape, its hills, its lush vegetation, its pace of life, and the smiles of its inhabitants, which surprise you and make you reflect on the reasons for the widespread ignorance.


Muchos son los atributos de Burundi: sus montañas de postal, el inmenso lago Tanganica, sus famosos tamborileros, su carreteras, que son un improvisado estudio de fotografía, lo verde de su entorno natural… Pero por encima de todo ello me quedo con la amabilidad y simpatía de sus gentes, auténticos sufridores de un pasado triste y sangriento, pero cargados de alegría y esperanzados por el futuro. Burundi es la guinda a un inolvidable viaje por África.
Burundi has many attributes: its picture-postcard mountains, the immense Lake Tanganyika, its famous drummers, its roads, which are like makeshift photography studios, its verdant natural surroundings. But above all, I choose the kindness and warmth of its people, true sufferers of a sad and bloody past, yet filled with joy and hope for the future. Burundi is the icing on the cake for an unforgettable trip through Africa.

